La oscuridad como refugio

La oscuridad como refugio

Creo en la oscuridad como refugio. Creo en su misterio. Allí me siento libre, lejos de la
luz puritana y paternalista de los moralistas.

La primera obra que vi de Ernesto Orellana fue Cuerpos para Odiar (2015) en la sala Agustín Siré –esto ya era provocador-. Recuerdo haber llegado con un grupo de amigos y haber salido revolucionados, derechitos a pegarnos un buen “carrete”, para procesar la experiencia. Claro, habíamos sido recibidos, cada uno, con un vaso de “navegado”, lo que predisponía a una experiencia dionisiaca, festiva. Nos sentaron a algunos alrededor de mesas y a otros en sillas individuales. Yo recuerdo haber quedado detrás del actor Jorge Becker. Había público general y personas del medio. Todo el mundo quería ver este montaje, más allá de si era recomendado por su calidad o lo escandaloso de este. Aburrido de una escena un tanto repetitiva en sus discursos y de formas predecibles, Cuerpos para Odiar me hizo volver al destape de las fiestas Spandex, pero en el contexto actual y sus otros (y los mismos) desafíos discursivos. Un montaje que te abofeteaba la cara: la antesala al “masivo” movimiento feminista que estamos viviendo hoy. Desde ese momento, decidí seguir el rastro de Ernesto Orellana y su compañía Teatro Sur: Los Justos (Camus), INÚTILES (Orellana), ORGIOLOGÍA, etc.

Me junté con Ernesto en la Plaza Brasil- nuestros barrios- y conversamos largamente sobre su producción artística. Acá les va el resultado.
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